• 6 diciembre, 2019

La procrastinadora élite que hundió a Nicaragua

Un alcalde del tiempo de los Somoza mandó hacer un puente sobre el río de La Conquista, pero sin pensar en el tamaño, peso y capacidad de los buses y camiones. Su mente, atada a los paradigmas del atraso, concibió las especificaciones del “progreso” según las mismas dimensiones de la postergación nacional: las medidas y velocidad de una carreta de bueyes.

Esta ha sido la desastrosa historia del poder por el poder que la élite hegemónica impuso en todas sus presentaciones, sin tener idea de lo que es el desarrollo, hasta que el sandinismo se hizo cargo, y muy en serio, de Nicaragua ya entrado el siglo XXI.

La nación ha sufrido injerencias políticas, intervenciones militares y el avasallamiento de las potencias, pero más que esas desnaturalizadas acciones foráneas, Nicaragua ha padecido las funestas secuelas de una clase señorial decadente y apátrida. Y fue esa alcurnia de origen peninsular la que desovó una oligarquía y protoburguesía que desde 1821 se constituyeron en un lastre nacional.

De ahí surgen ciertos acaudalados que quieren demostrar a como sea que son cultos, refinados y diletantes exquisitos, solo que si alguna vez se atrevieran a colgar su cuadro mental oligárquico en el Museo del Louvre, París tendría que abrir el departamento de Antigüedades Fatales.

Algunos de estos “modernos hombres de negocios” e “ilustres” abanderados de la “responsabilidad social empresarial”, prohijaron con pasión las atrocidades que las turbas del terror perpetraron en los tranques entre abril y julio de 2018, incluido los abominables episodios medievales de quemar personas vivas por el delito de ser sandinistas o policías.

Y no se inmutaron. Ni ellos ni sus confesores. El egoísmo y la codicia, la pura miseria humana, convertidas en perversas categorías económicas y degradadas en nefastas políticas instaladas por la incuria de los gobernantes que ha padecido Nicaragua a lo largo de los siglos, se resumieron en esos cuatro meses de barbarie cuando intentaron el golpe de Estado.

“Lucha cívica” pregonaron con su infame léxico. Es que el falso siempre dará como resultado la falsedad. La impostura podrá mudar de máscara, pero no de cara: ninguna causa si de cierto es justa, termina arruinando a un país.

Aunque han invertido un porcentaje ridículo, en comparación con sus fortunas, para fomentar una imagen de “humanistas”, “civilistas” y “demócratas”, la realidad de toda esta farsa quedó al descubierto con los hechos: un odio del mismo calibre de aquella señora que el 19 de julio de 1996 mató a cuatro ciclistas sandinistas. ¿Se acuerdan? Les echó su pesado vehículo por el “delito” de ir a conmemorar la Revolución.

Ni esta clase ni sus representantes en los gobiernos de los 30 años conservadores del siglo XIX, ni después en el XX con Chamorro, Díaz, Moncada, los Somoza, Chamorro y Alemán, y el primer lustro del XXI, con Bolaños, lograron en 150 años lo que en 11 ha alcanzado el Frente de Augusto César Sandino, liderado por el presidente Daniel Ortega y la escritora Rosario Murillo.

A los oligarcas les ha salido fácil manipular la bandera Azul y Blanco para maquillar sus patibularios planes y darse un baño de patrioterismo fofo. Pero he aquí el sandinismo no optó por una actitud cínica sino por una auténtica vocación cívica: nuestro pendón bicolor por primera vez dejó de ser un símbolo abstracto de septiembre, en medio de tantas necesidades concretas, para tener por fin contenido durante todo el año: la patria entera.

La bandera se ha izado en la cobertura eléctrica superior al 94% del territorio nicaragüense y en la conexión de la Costa Caribe con el Pacífico a través de carreteras propias de países del primer mundo. Y no se trata de cualquier obra: es una proeza en la historia de Nicaragua. Nadie antes la soñó, menos que se decidiera, desde la opulencia de sus emporios, unificar a la nación. Es que nunca les interesó el país.

II

Nuestra soberanía nacional se diluía a unos cuantos kilómetros de la región del Pacífico. Retazos del mapa real de Nicaragua llegaban a la remolca hasta Acoyapa en 2006, último año del gobierno del señor Bolaños.

La administración sandinista se propuso abrazar Río San Juan de manera integral con una prolongada carretera de asfalto, además de empalmar la frontera con Costa Rica a través del puente de Santa Fe, una magnífica estructura de ingeniería auspiciada por el pueblo de Japón.

Si el FSLN incorporó al Río San Juan a Nicaragua es porque lo habitan seres humanos tan importantes como los ciudadanos de León o Granada. Ahí está el Hospital Primario de San Miguelito, amplio, modernísimo y bien equipado.

¿Alguna vez se le ocurrió al pináculo del subdesarrollo en pleno, los Chamorro-Díaz-Moncada-Somoza-Chamorro-Alemán-Bolaños, “gastar” en “esos” que de todas maneras se van a morir y a mí qué me importa?

La élite aborrece a los apellidos de planilla. La élite más que el estandarte de Nicaragua, flamea con soberbia la bandera de la Procrastinación, esa enfermiza inclinación de retrasar lo que es sumamente importante, desviando la atención de lo que es urgente, decisivo e indispensable, por asuntos irrelevantes, por caprichos solariegos… o por órdenes importadas.

¿Por qué no se propusieron la meta de unir el Pacífico con el Caribe? Siglos de sobra tuvieron pero ni siquiera tenían, ni tienen, idea de lo que es dirigir una nación. ¿Por qué razón?

Nicaragua sufre una de las burguesías más primitivas y hedonistas del mundo, como aquella cafetalera que se daba en viajes a Europa, lujos y vanidades en vez de invertir y tecnificarse para exportar no la rústica materia prima sino un producto de alta calidad terminado. ¿Por qué? Porque tampoco les importó trabajar por una marca-país. ¿Por qué? Porque mientras “Juan Valdez” desde 1959 pasea con éxito a Colombia por todo el mundo, nuestra burguesía se paseó en el país. Papá Estado debía salvarla de sus fracasos.

Y esto solo es un ejemplo de la procrastinadora clase que asoló a la República. Porque en su conjunto los señoritos estaban en plena faena de enriquecimiento heráldico, en la más cruda acumulación materialista.

La metáfora del país es el espejo de Managua. Al pueblo le dan la espalda como las autoridades y patrones del “cinturón industrial” se la dieron al Lago con aguas negras, mercurio, plomo y tantos residuos tóxicos.

¿Y qué gobierno se preocupó antes por salvar el Xolotlán y darle vida, malecón y paseo, acuático y de tierra firme, que atraen a turistas nacionales y extranjeros, cruceristas y en rutas de buses?

Lo que siempre los “patricios” le han ofrecido al pueblo, en abundancia desmedida, es el desprecio. Y si alguna vez hubo un calorcito de sentimiento, es el provocado por “el animalito más mimado” en sus manos, como lo describió Pablo Antonio Cuadra: la guatusa, es decir, el engaño. Lo que no dijo el poeta es que si esta clase se había perpetuado en el tablero de los controles era gracias a su mascotita consentida.

Ahora que el sandinismo empezó a darle un rostro de nación al rastro de República heredado, la casta de guatuseros mayores se presenta como la más preocupadísima del destino de Nicaragua, y sin tener la más mínima moral, culpa al Comandante de ser el responsable de “la situación”.

Pero ¿por qué ese tipo maligno de pensamiento? La clase VIP nunca demostró sus limpias ganas de y por Nicaragua. Jamás pensó en el sustancial y sostenido impulso del suelo que les vio nacer sus riquezas a costa de toda la nación.

Sinceramente, no podemos achacarles a otros países las culpas de nuestras desgracias. Si han contribuido al estancamiento, no es ni por cerca el factor primordial. Los responsables de este rezago tribal son precisamente los que desde su ancestral poder colonial han intentado imponer su funesta narrativa de que “nacieron para mandar”, en consonancia con un Estados Unidos alejado de George Washington y Abraham Lincoln: Nicaragua “es parte de su patio trasero”.

Y esa ha sido su festinada y provinciana “visión del mundo”: ser patio trasero forever, solo que de los forever deben encargarse ellos, los “gentleman” de pedigrí.

III

Si pudiéramos significar un poco la trascendencia del progreso en estos años de Gobierno Sandinista, es el rescate cultural y geográfico del Mar Caribe como frontera del Este de Nicaragua, y esto no por el fallo de La Haya.

La élite parroquial en su esmerada procrastinación contra lo esencial de Nicaragua, desapareció el Caribe y su grandeza multiétnica, su confesión protestante, su inmensa cultura y su historia, borrándola del atlas nacional con el nombre de “Costa Atlántica”.

Y aún no son pocos, incluido periodistas, que hacen suyo ese garrafal desdén histórico de la élite de desaparecer el Caribe, cuando sabemos que es hasta en el norte de las Antillas Mayores y al Este de las Menores donde se extiende el Atlántico.

Es con el sandinismo que el término Caribe ingresa al cotidiano verbo nicaragüense y en los planes socioeconómicos del Estado.

Esto demuestra la coherencia nacional de la programática sandinista por Nicaragua: una visión de nación que ninguna otra formación política ni grupo económico, ni estirpe de la calle atravesada en la historia pudo articular en casi 200 años de pretendida Independencia.

Y recordemos bien quiénes son los paladines del tercermundismo: los que apenas alumbraban, y con apagones, menos de la mitad del territorio nacional.

Los que no por casualidad, sino por evidente causalidad, le pusieron fin al Ferrocarril en 1994. Un gobierno de la estirpe Chamorro liquidó nuestro tren por una sola razón: el poder señorial ya no lo necesitaba. Ahí solo viajaban los de cuna desconocida. Por lo tanto, “no era rentable”, justificaron.

Fue esa prosapia y demás linajes subalternos los que redujeron nuestro país al Pacífico.

Fueron sus gobiernos que exhibieron como sus monumentales “obras” los espejitos de unas cuatro rotondas, un simplón “parque de la paz” y el “moderno” Estadio inaugurado por Somoza en 1948. Fueron sus gobiernos incapaces de pensar en puentes y pasos a desniveles con la elegancia arquitectónica de Las Piedrecitas y del 7 Sur, ya no digamos de erigir el Estadio Nacional de Béisbol más deslumbrante de Latinoamérica.

Fue esa clase con sus gobiernos veletas que colocó sus propios 4 puntos cardinales contra Nicaragua: el olvido, la exclusión, el empobrecimiento y la injusticia.

Por eso, hasta 2006, de los 130 mil 373 kilómetros cuadrados de superficie, se interesaron únicamente, y de manera deficiente, en el 15% del territorio nacional, restringido al área del Pacífico (19 mil 555 km2).

La administración pública se concentraba en la precaria atención de una exigua cantidad de población en esa región, y cada vez mínima en contraste con la expansión demográfica natural. Eran millones de indocumentados en su propia tierra.

El sandinismo es el que comenzó a trabajar en función del país total, que en estos tiempos es de 6 millones y medio de personas. Nunca un gobierno ha procurado atender a tantas almas juntas en toda su historia.

Recuperar la geografía, la brújula misma, contar con un lúcido sentido de lo que es el Estado Nación; pasar de la historieta a la Historia, y sobre todo hacerla andar, no es para cualquiera. Debe haber mucho de Cristo en el corazón y patria en la sangre, para tratar de hacerlo. Y el FSLN lo ha hecho, en medio de las imperfecciones propias de los hombres.

Y esto no es cuestión de izquierda o de derecha. Es un asunto de ética cristiana, muy distinta del evangelio pervertido de los que se olvidaron de fray Bartolomé de las Casas y fray Antonio de Valdivieso para “pastorear” a una clase que se cree “la voluntad de Dios” en Nicaragua.

Sin embargo, el país urge de un nuevo espíritu empresarial que es el que se aprecia entre los pequeños, medianos e incluso grandes empresarios; productores, emprendedores y cooperativistas.

Ya se agotó el tiempo de esa burguesía anacrónica.

Ya se agotó la hegemonía de la oligarquía decimonónica que al deformar a la nación a imagen y semejanza de su estrechura mental, la hundió en el sótano del tercer mundo.

A propósito, ¿y el puente de La Conquista? Ahora son dos, a la entrada y la salida al área rural. El gobierno sandinista los construyó, elevó y amplió al Siglo XXI…

Esto es lo que se llama un cambio de mentalidad y de dirección para salir de esta bicentenaria maldición, y que la nación no quede a la deriva de la bancarrota espiritual de las élites, mundana y religiosa.

Se trata de un bendito cambio de época en que la justicia social marque el derrotero, aunque el Maligno y sus demonios locales con la violencia, las fake news, el irrespeto a la ley y la infaltable patraña digital de limitados caracteres se empeñen en evitarlo.

El Altísimo ya sentenció a los profesionales de la verdad sintética: “No habitará dentro de mi casa el que hace fraude; el que habla mentiras no se afirmará delante de mis ojos” (Salmo 101:7)

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